"Definir es excluir y negar. (...) Cuanta más realidad posea lo que definimos, más exclusiones y negaciones tendremos que ejecutar" (José Ortega y Gasset, )
Definir es excluir. Cada vez que tratamos de dar forma precisa a un concepto, descartamos interpretaciones ambiguas, eliminamos ruido y acotamos el campo de análisis.
Este principio, aparentemente filosófico, tiene implicaciones directas en la construcción de cualquier tesis de inversión rigurosa.
Uno de los errores más frecuentes es operar sobre conceptos mal definidos. Términos como tendencia, sobrevalorado, riesgo o mercado alcista se utilizan constantemente, pero rara vez se especifica con precisión qué significan en términos operativos.
Para algunos una tendencia alcista supone la secuencia creciente de máximos y mínimos. Para otros, basta con que el precio se sitúe por encima de la media móvil de 200 períodos. Hay quien considera que un mercado es alcista mientras no se produzca una caída superior al 20%. Incluso hay quienes combinan varias de estas ideas, aunque en ocasiones se contradigan... donde todo vale, ¡qué más da!
Sin una definición clara, consensuada y compartida previamente, cualquier concepto se convierte en un recipiente vacío que cada inversor rellena según su sesgo, experiencia o estado emocional. El resultado es inevitable: interpretaciones erróneas, decisiones inconsistentes y un entorno perfecto para la confusión y la proliferación de quienes quieren aprovecharse de los demás.
Para algunos una tendencia alcista supone la secuencia creciente de máximos y mínimos. Para otros, basta con que el precio se sitúe por encima de la media móvil de 200 períodos. Hay quien considera que un mercado es alcista mientras no se produzca una caída superior al 20%. Incluso hay quienes combinan varias de estas ideas, aunque en ocasiones se contradigan... donde todo vale, ¡qué más da!
Sin una definición clara, consensuada y compartida previamente, cualquier concepto se convierte en un recipiente vacío que cada inversor rellena según su sesgo, experiencia o estado emocional. El resultado es inevitable: interpretaciones erróneas, decisiones inconsistentes y un entorno perfecto para la confusión y la proliferación de quienes quieren aprovecharse de los demás.
Cuando no definimos con precisión, dejamos espacio a la subjetividad. Y cuando la subjetividad entra en el proceso de análisis, este deja de ser replicable, consistente y, sobre todo, falsable.
Volviendo a la idea de Ortega, cuanto más complejo es el fenómeno que tratamos de analizar, mayor es la necesidad de definiciones simples y estrictas.
Volviendo a la idea de Ortega, cuanto más complejo es el fenómeno que tratamos de analizar, mayor es la necesidad de definiciones simples y estrictas.
La construcción de cualquier tesis de inversión es un proceso jerárquico:
- Definición de los conceptos básicos
- Relación estructurada entre ellos
- Desarrollo de un modelo interpretativo
- Traducción en decisiones de inversión
Si falla el primer nivel, todo lo demás se desmorona. Simplemente, la tesis de inversión pierde coherencia interna y deja de tener valor operativo.
Por el contrario, un enfoque basado en definiciones rigurosas permite algo mucho más poderoso: la objetividad.
La objetividad no consiste en tener razón, sino en reducir al mínimo la arbitrariedad, porque el verdadero problema no es la subjetividad en sí, sino la arbitrariedad que surge cuando no está controlada.
Es cierto. La objetividad total, absoluta, es, en términos ontológicos, una utopía inalcanzable, pero eso no la invalida; al contrario, la convierte en el principio rector que nos marca el camino correcto en cualquier sistema de conocimiento serio. Porque la verdad no es sino la correspondencia entre una proposición y la realidad independiente del sujeto... y esa realidad objetiva existe. Tanto es así que usted está leyendo este texto en este preciso momento, con independencia de sus opiniones, creencias o interpretaciones. Además, es verificable, trazable y ajeno a la experiencia subjetiva del resto de individuos.
Y aquí es donde surge el problema de fondo. Cuando nosotros mismos no manejamos definiciones claras, tampoco podemos exigirlas a los demás. El resultado es un deterioro progresivo del discurso, donde todo vale, donde las palabras pierden significado y donde el relato emocional sustituye al análisis riguroso. En ese entorno, los populismos prosperan, y no es casualidad. Podemos exigir poco, y recibimos menos aún.
La objetividad no consiste en tener razón, sino en reducir al mínimo la arbitrariedad, porque el verdadero problema no es la subjetividad en sí, sino la arbitrariedad que surge cuando no está controlada.
Es cierto. La objetividad total, absoluta, es, en términos ontológicos, una utopía inalcanzable, pero eso no la invalida; al contrario, la convierte en el principio rector que nos marca el camino correcto en cualquier sistema de conocimiento serio. Porque la verdad no es sino la correspondencia entre una proposición y la realidad independiente del sujeto... y esa realidad objetiva existe. Tanto es así que usted está leyendo este texto en este preciso momento, con independencia de sus opiniones, creencias o interpretaciones. Además, es verificable, trazable y ajeno a la experiencia subjetiva del resto de individuos.
Y aquí es donde surge el problema de fondo. Cuando nosotros mismos no manejamos definiciones claras, tampoco podemos exigirlas a los demás. El resultado es un deterioro progresivo del discurso, donde todo vale, donde las palabras pierden significado y donde el relato emocional sustituye al análisis riguroso. En ese entorno, los populismos prosperan, y no es casualidad. Podemos exigir poco, y recibimos menos aún.
En un mundo cada vez más dominado por el ruido, la cita de Ortega y Gasset nos recuerda que el rigor intelectual construido desde las deficiones más básicas no es una opción, sino una garantía para que las sociedades no retrocedan.
Definir. Definir más. Definir mejor.