Hay algo profundamente humano en nuestra fascinación por lo extraordinario. Nos gusta descubrir el caso que se sale de la norma. La historia que contradice la estadística. El movimiento que nadie esperaba. El día en que "todo era diferente".
La excepción nos atrae porque nos hace sentir que hemos encontrado algo que los demás no ven, y en esa paradoja constante que es la vida, disfrutamos de la excepción cuando la observamos y sufrimos cuando nos toca vivirla.
En los mercados financieros esta paradoja puede resultar especialmente peligrosa. Una de las cosas que peor hacemos los seres humanos es distinguir entre una excepción y una regla, aunque nos cueste creerlo.
Imaginemos que alguien nos dice:
"Cuando ocurre X, el mercado sube en el 80% de las ocasiones."
Suena interesante hasta que que preguntamos: ¿cuántas ocasiones ha ocurrido antes?
Cuando hay un número elevado de observaciones, es más plausible extraer una regla heurística siempre que la estadística lo permita, pero tendemos a dar por bueno algo... porque simplemente en apariencia lo es.
¿Cuántos de los gráficos virales que se comparten miles de veces carecen de sustento? Sin embargo, nos encantan tanto que los compartimos hasta que la masa de inversores convierte en verdad aquello que, en ocasiones, está lejos de serlo.
8 aciertos sobre 9 pueden parecer una evidencia espectacular, una ventaja estadística insuperable... pero extraer una regla de 9 sucesos, cuando no existen leyes causales que lo soporten es simplemente una temeridad.
No hay garantía de que la décima observación vaya a comportarse como las anteriores.
La llamada law of small numbers describe precisamente nuestra tendencia a atribuir a muestras pequeñas unas propiedades que realmente pertenecen —o creemos que pertenecen— a una población mucho mayor.
La excepcionalidad vende.
Imaginemos que alguien nos dice:
"¡Sólo ha ocurrido en 7 ocasiones y ahora estamos ahí!"
"¡Este patrón sólo se ha producido 5 veces en los últimos 20 años!"
Cuanto menor es el número, paradójicamente, más extraordinaria parece la historia y más viral se vuelve.
Cuanto más extraordinaria parece la historia, más fácil es que nuestro cerebro la convierta en una oportunidad.
Sin embargo, cuanto más excepcional es una situación, más alejada está de llegar a convertirse en una regla.
Ese es el proceso por el que nuestro cerebro termina confundiendo excepción y norma.
Seleccionar retrospectivamente las condiciones que produjeron un movimiento excepcional es extraordinariamente fácil. Lo verdaderamente difícil es demostrar que esas condiciones tienen capacidad predictiva antes de que ocurra el movimiento. Esa es la diferencia entre entre encontrar una curiosidad estadística y encontrar una ventaja estadística.
Con suficientes variables, suficientes fechas y suficiente libertad para buscar patrones, encontraremos inevitablemente historias interesantes. Cualquier puede hacerlo.
El problema es que una historia interesante no es sufiente. La estadística necesita contexto. Necesita tamaño de muestra. Necesita conocer la distribución completa de resultados. Necesita distinguir entre señal y ruido. Y, sobre todo, necesita preguntarse qué ocurre cuando dejamos de mirar hacia atrás y empezamos a mirar hacia delante.
Hay otra trampa psicológica todavía más curiosa. Cuando la excepción nos beneficia, tendemos a pensar:
"¡Eureka! He descubierto algo."
Sin embargo, cuando la exepción nos perjudica...
"¡Ouch! Esto no debería ocurrir"
El mercado no tiene la obligación de respetar nuestro patrón porque nueve veces haya funcionado. La décima vez no es una traición, sino una observación más que se añade a las anteriores.
Los sueños, sueños son.
Y las excepcionalidades, excepcionalidades son.
El problema comienza cuando convertimos las segundas en reglas porque nos gustaría que fueran ciertas.