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Implicaciones de una salida de EE.UU. de la OTAN

2 de abril de 2026 por
Juan Ignacio Marrón

La salida de EE.UU. de la OTAN es, a fecha de abril de 2026, un escenario hipotético pero plausible en el contexto de las tensiones actuales bajo la segunda administración Trump.

Trump ha calificado la Alianza de “tigre de papel” y ha señalado que una retirada está “más allá de la reconsideración” debido a la falta de apoyo europeo en conflictos como el del Estrecho de Ormuz. Estas críticas a la OTAN ya se produjeron durante su primer mandato, pero reabren un debate de gran calado tanto en el ámbito jurídico como en el estratégico. La Alianza Atlántica, fundada en 1949 en el contexto de la Guerra Fría, ha constituido durante más de siete décadas el pilar central de la seguridad occidental. La posibilidad de que su principal garante cuestione su permanencia introduce una incertidumbre de consecuencias potencialmente sistémicas.

Desde el punto de vista constitucional, la cuestión presenta una importante ambigüedad. La Constitución de EE.UU. establece claramente que el Presidente puede suscribir tratados internacionales con el consentimiento de dos tercios del Senado, pero guarda silencio respecto al proceso inverso: la retirada de dichos tratados. Este vacío ha dado lugar a interpretaciones opuestas. Tradicionalmente, el poder ejecutivo ha defendido su autoridad para abandonar los acuerdos internacionales de forma unilateral, como ocurrió durante la administración de Trump con la salida del Tratado de Cielos Abiertos. Sin embargo, esta práctica nunca ha sido definitivamente validada por el Tribunal Supremo.

El marco legal se ha vuelto más complejo tras la aprobación en 2023 de una enmienda dentro de la Ley de Autorización de Defensa Nacional, firmada por Joe Biden. Dicha legislación prohíbe explícitamente al presidente retirar a Estados Unidos de la OTAN sin el respaldo de dos tercios del Senado. Este intento del poder legislativo por limitar la discrecionalidad presidencial podría, no obstante, enfrentarse a un desafío constitucional si el ejecutivo decidiera ignorarlo. Un informe del Servicio de Investigación del Congreso en 2026 sugiere que la administración podría argumentar que dicha restricción vulnera la separación de poderes.

En el plano internacional, el propio tratado fundacional de la OTAN ofrece un mecanismo claro de salida. El Artículo 13 permite a cualquier Estado miembro abandonar la alianza mediante una notificación formal con un año de antelación. Desde una perspectiva de derecho internacional, el jefe de Estado tiene generalmente la capacidad de iniciar este proceso. Sin embargo, el hecho de que ningún país haya ejercido nunca esta opción subraya tanto el carácter excepcional de la situación como el profundo arraigo institucional de la organización.

Más allá del debate jurídico, el elemento clave señalado por numerosos expertos reside en la voluntad política. Analistas como Max Bergmann destacan que, incluso si el Congreso tratara de bloquear una retirada, la falta de compromiso efectivo del presidente y del aparato militar podría erosionar de facto la operatividad de la alianza. En otras palabras, la credibilidad del compromiso estadounidense —más que su formalización legal— constituye el verdadero núcleo del problema.

Las implicaciones geopolíticas de una eventual retirada serían profundas. La OTAN no sólo actúa como mecanismo de defensa colectiva, sino también como instrumento de coordinación estratégica entre EE.UU. y Europa. Su debilitamiento podría alterar el equilibrio de poder global, incentivar dinámicas de autonomía estratégica en Europa y abrir espacios de influencia para potencias rivales como Rusia o China. Asimismo, pondría en cuestión el principio de defensa mutua consagrado en el Artículo 5, considerado hasta ahora un elemento disuasorio fundamental. 


IMPLICACIONES GEOPOLÍTICAS
Una salida (o retirada significativa) de EE.UU. crearía un vacío de poder en Europa que Rusia podría explotar de inmediato. La primera potencia económica aporta  casi el 70 % del gasto operativo de la OTAN, y capacidades clave como el transporte aéreo estratégico, el reabastecimiento en vuelo, la inteligencia, y el “paraguas nuclear”. Sin ellas, la Alianza quedaría “hueca” funcionalmente, aunque sobreviviera nominalmente.

Polonia, los países Bálticos o Finlandia se verían obligados a rearmarse urgentemente (Polonia ya supera el 4 % del PIB en defensa) y buscar acuerdos bilaterales con Reino Unido y Francia. Podría haber una mayor fragmentación Este-Oeste y generarse debates sobre el acceso a armas nucleares de países como Alemania (vetado históricamente), Polonia o incluso Turquía.

Probablemente, Rusia sería la clara ganadora, al desarrollarse un contexto más favorable para ejercer presión sobre las fronteras orientales de la OTAN y consolidar su influencia en Eurasia.

EE.UU., por su parte, perdería buena parte de su influencia diplomática y militar en Europa, aunque algunos defensores del “America First” pudieran ver el abandono del Tratado como una liberación de recursos. Al estar ligado a la OTAN, también podría afectar al Acuerdo del Ártico firmado con Dinamarca sobre Groenlandia, permitiendo a este último revisar el acceso militar estadounidense al producirse un cambio fundamental en las circunstancias del acuerdo (rebus sic stantibus). Eso sí, una salida de la OTAN le permitiría quizá ganar en autonomía sobre los objetivos estratégicos y mayor flexibilidad táctica y operativa, pudiendo así concentrarse en la región del Indo-Pacífico.

Podría tener implicaciones sobre la evolución del conflicto entre Rusia y Ucrania, pero también en la confianza de aliados asiáticos como Japón, Corea del Sur, Filipinas y Australia sobre los compromisos estadounidenses. Si no muestra compromiso con los aliados occidentales, ¿por qué sí con los asiáticos?

En resumen, la OTAN pasaría de alianza transatlántica integrada a una estructura europea más débil y fragmentada, acelerando un orden multipolar donde autocracias (Rusia-China-Irán) podrían ganar terreno.

IMPLICACIONES ECONÓMICAS
Los costes serían asimétricos y elevados a medio plazo, con una Europa que requeriría acometer un rearmamento masivo (las estimaciones hablan de hasta 300.000 tropas adicionales y 250.000 millones de euros anuales extra en gasto militar). Esto desplazaría inversión de programas sociales, infraestructuras e industria, presionando además a la deuda soberana. A largo plazo, Europa podría desarrollar una industria de defensa autónoma, beneficiando a compañías como Rheinmetall o BAE.

En EE.UU., podría generar un ahorro inmediato modesto de alrededor de 1.650 millones de dólares anuales en bases europeas. Sin embargo, Europa es un mercado clave para las exportaciones de armas estadounidenses. Un estudio Rand de 2014 estimaba que recortes del 50% en los compromisos de seguridad podrían reducir el comercio bilateral en 450.000 millones de dólares y el PIB en casi 500.000 millones. Esto va en la línea de que un debilitamiento de la OTAN podría reducir la inversión global, al incrementarse las primas de riesgo, y el comercio internacional, lo que terminaría redundando en mayores tensiones estanflacionarias. Además, la hegemonía del dólar, parcialmente respaldada por el poder militar de EE.UU., podría verse alterada. En caso de debilitarse la confianza en el orden liderado por la primera potencia, podría provocar una diversificación hacia otras divisas distintas del dólar, reduciéndose así su demanda estructural. En un primer momento, podría producirse un "flight-to-safety" que incrementase la compra de bonos de mayor duración, pero en el medio y largo plazo, el ciclo de repatriación de dólares que tiene como destino la compra de títulos del Tesoro por parte de los países, reduciría su demanda. Esto, a su vez, podría incrementar el rendimiento medio, con implicaciones que podrían afectar a la estabilidad del sistema financiero, al encarecerse el principal activo que se utiliza como colateral, y al hacer el déficit fiscal norteamericano más sensible a los incrementos del coste efectivo de la deuda, que podría derivar en una crisis de confianza.


En conclusión, las implicaciones de una potencial salida de EE.UU. de la OTAN van más allá de la seguridad internacional. Aunque existan ventajas tácticas como el ahorro fiscal y una mayor autonomía militar, la pérdida de hegemonía, el riesgo sobre el dólar y la deuda estadounidense, y el posible impacto en el sistema financiero global hacen que no salgan las cuentas. En términos de teoría estratégica, la OTAN es un multiplicador de poder e influencia internacional, y salir de ella sería renunciar a ello.
Juan Ignacio Marrón 2 de abril de 2026
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